El jardín de las caricias I
Hace dos semanas encontré un extraño libro hurgando en una librería de segunda mano. Se llama El jardín de las caricias. No sé quien sea el autor. Está impreso sobre papel barato y la portada, de cartón, es de color azul y en ella con letras blancas se lee: "El jardín de las caricias" y abajo del título hay una ilustración de una mujer desnuda, aparentemente sentada sobre el aire, con las piernas cruzadas y los codos sobre ellas y las manos tocándose el rostro y mirando al frente con unos ojos tal vez lascivos o tal vez ingenuos...<a class="continue-reading-sm" href="https://www.diariodeunchicotrabajador.com/2009/08/el-jardin-de-las-caricias-i/"/>sigue leyendo</a>
Hace dos semanas encontré un extraño libro hurgando en una librería de segunda mano. Se llama El jardín de las caricias. No sé quien sea el autor. Está impreso sobre papel barato y la portada, de cartón, es de color azul y en ella con letras blancas se lee: “El jardín de las caricias” y abajo del título hay una ilustración de una mujer desnuda, aparentemente sentada sobre el aire, con las piernas cruzadas y los codos sobre ellas y las manos tocándose el rostro y mirando al frente con unos ojos tal vez lascivos o tal vez ingenuos. Los labios resaltan por la mala impresión del color rojo elegido que se desborda por las comisuras de la boca.
El contenido del libro está dividido en fragmentos, de breves párrafos. Están escritos con una prosa sencilla que habla de desiertos, caballos, y países árabes.
Los senos, los ojos, la cabellera
MÁS blancos y más llenos de tesoros que las tiendas de un emir, tus senos, bien amada, son las tiendas de mi amor.
Cuando a mediodía oculto el rostro entre tu cabellera y busco tu mirada, tus ojos son dos estrellas que iluminan mi noche llena de perfumes.
Si un día llego a saber que otro hombre ha dormido en tu cabellera y que tus ojos han iluminado el rostro de ese Maldito, no empuñaré mi daga, no acudiré al veneno: silbaré a mis lebreles…
Capturaré una gacela, que adornada con tus collares lanzaré a un abismo.
La antorcha
HE pulido tu cuerpo a fuerza de caricias, hasta dejarlo igual que la piedra santa de Al-Djuf, gastada por tantos labios.
Ahora el sol puede extinguirse y la luna ocultarse; tu cuerpo me inundará de luz.